sábado, 3 de noviembre de 2012

Dos horas de buen cine

¡¡Exijamos lo Imposible!!
Fuentes Fidedignas
DESFILADERITO  
Mariana y el pelo mordido por el burro

No habrán pasado más de cinco o seis años desde que por primera vez vi a Mariana: una joven estudiante de antropología que se ganaba la vida como mesera en un bar. Desde que me fijé en ella me asombró la belleza de su rostro y lo espantoso de su peinado: era como si se hubiera cortado el pelo con unas tijeras de podar la hierba o, peor aún, como si la hubiera mordido un burro.

Me hice visitante asiduo a ese lugar, en la frontera de la colonia Roma y la colonia Condesa, donde los jueves, los viernes y los sábados tocaban grupos de blues, a menudo procedentes de Chicago. Mariana trabajaba esporádicamente pero siempre era un gusto volver a verla o, más bien, volver a contemplarla y de paso observar la evolución de su linda pero torturada cabellera.

Una noche fui con un amigo argentino y en cuanto puso los ojos en Mariana y en su pelambre, soltó una hipótesis: “Esa chica es tan hermosa, que se peina así como un mecanismo de defensa”. En otras palabras, para ahuyentar a los agresores sexuales o por lo menos intentarlo.

No se angustien: Mariana acabó la carrera y la tesis, regresó a Bogotá, aprendió a tocar vallenato con el acordeón, formó pareja con otro antropólogo y volvió a México y la perdí de vista, pero sé que está muy bien (bueno, eso creo que ya lo dije desde el párrafo inicial de esta reflexión, que no se trata de ella sino de una excelente película que quiero recomendarles).

“Las ventajas de ser invisible” (título en español de The Perks of Being a Wallflower), cinta dirigida por Stephen Chbosky, basada en su propia novela, empieza con la llegada de un tímido muchachito a una preparatoria de Estados Unidos, que en su primera clase de literatura inglesa parece ser el único que sabe la respuesta correcta a la primera pregunta que formula el maestro, pero no se atreve a levantar la mano, para que nadie se fije en él.

Una de sus compañeras de escuela (una jovencita personificada por Emma Watson, la ex niña de la saga de Harry Potter) se entera en una fiesta de que el protagonista no tiene un solo amigo en el mundo: el único niño de su edad que se llevaba con él se suicidó, en rechazo a una vida miserable, luego de sufrir maltratos constantes de parte de su padre alcohólico (ese adjetivo tan popular en México y tan desprestigiado por el borracho genocida que la próxima semana se irá de Los Pinos, para que la Gaviota empiece a hacer su nidito).

Al descubrir la causa de la infelicidad del protagonista, la ex niña de Harry Potter pone al tanto a los demás invitados a la fiesta y éstos, en una suerte de rito iniciático, le convidan un pastelito de chocolate y mariguana, que lo pone a volar y le desata la lengua despojándolo de toda inhibición. Y como posee un espíritu meditabundo, irónico e ingenioso, a medida que habla desde el fondo de la pachequez, conquista y fascina a quienes lo oyen.

Desde ese momento, la película se dedica a explorar los motivos que otros dos integrantes de la banda tienen a su vez para ocultar su intimidad: el “fósil” que lleva años reprobando año y aprovecha la ventaja que eso le da para convertirse en líder de los más chicos, pero que protege celosamente su relación homosexual con un condiscípulo. O la desenvuelta estudiante que en realidad arrastra consigo una larga cadena de humillaciones sexuales, ya que desde los 11 años de edad fue violada por los amigos de su padre.

¿Qué es lo que obliga al héroe de la cinta a ser tan discreto? Si lo revelara en este momento ustedes me odiarían y yo les echaría a perder la posibilidad de disfrutar dos horas de buen cine. Razón por la cual me quito el sombrero y me despido como todos los sábados con la promesa (¿o la amenaza?) de volverlos a saludar pasado mañana, lapso en que mientras tanto estaré en Twitter, en la cuenta @Desfiladero132, por si ocupan.

Jaime Avilés

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