El perifollo y la sustancia
Luis Linares Zapata
Mientras se anuncia que
los bancos con matrices externas han remitido (2003 a 2010) un
equivalente al total invertido en sus adquisiciones, el graderío
acarreado por los panistas abandonaba, en el juramento oficial, a su
candidata a la Presidencia de la República. Doña Josefina quedó
perorando, toda acicalada como siempre, ante un estadio casi vacío de
(aparentes) seguidores. Pero, eso sí, su discurso, plagado de frases
voluntariosas, no mermó un ápice. La mujer siguió entonando, en su ir y
venir por el escenario y con el sonsonete acostumbrado, la prédica por
un mundo sublime, lugar por ella visitado a menudo. Todo, o casi todo,
tal como desea que ocurra llegará al conjuro de sus huecas plegarias. En
respuesta, y sin mediar disculpa, el cansado auditorio le dio la
espalda y huyó del castigo.
Los medios de comunicación, impresos y electrónicos, hicieron un vacío ante las declaraciones altisonantes del que fue activo maestro y significado estratega de las finanzas nacionales. En su nuevo papel de banquero privado, ha decidido lanzar un audible llamado de atención. El doctor Ortiz, hay que reconocerlo, no es un funcionario cualquiera. Forma parte medular de la camada que cimentó y pule el modelo económico vigente. Él cultivó buena parte de su estructura ósea desde la SHCP y del Banco de México (Bde M). Integró, como ariete del zedillismo fundamentalista, parte de la versión neoliberal implantada en aquel México de la pretendida modernidad frustrada. De similar manera que su jefe superior, Ernesto Zedillo (el firme creyente en los dogmas y paradigmas del mercado), Ortiz fue educado con esmero en el exterior. En esas refinadas universidades de élite mundial que otorgan la mayoría de los doctorados reconocidos en cualquier sitio de prosapia. Instituciones que cooptan a parte sustantiva de los dirigentes para, después, regresarlos a sus países de origen ya bien colonizados en mente y ambiciones. Hombres y mujeres pujantes que han hecho suyos los dictados e intereses del capitalismo financierista global. Intereses y visones ajenos que, de muchas maneras y hasta a costa de sus propias historias, defenderán como si fueran parte de su misma sangre y creación. De esa rala estirpe es el señor Ortiz. Aunque ahora levante, sin la debida calidad o congruencia, es cierto, una voz audible y alarmada sobre un problema fundamental: la entrega, sin norma y recato, del sistema de pagos nacional al capital foráneo, el incumplimiento de promesas paradigmáticas difundidas para su enajenación (tecnología de punta, crédito abundante, sólido respaldo y atracción de capitales) y la total ausencia de los que debían ser sus celosos reguladores para evitar daños.
Peña Nieto, en cambio, circula prometiendo influir en sentido opuesto. Claro está que no toca, ni de refilón, el preciso asunto arriba mencionado. Se concentra en condensadas frases de impacto para resaltar su decadente campaña. Sigue apegado al guión y no se despeina ni por casualidad. Por propio convencimiento o tontería publicitaria, adelanta, en cambio, que abrirá Pemex a la iniciativa privada. ¿Qué entiende tan conspicuo personaje por ello? Es difícil de entender. Si lo que dice se refiere al capital de la empresa, entonces habría que meditar en quiénes y con cuánto participarían en una empresa a la que se le incauta (SHCP) bastante más que el total de sus utilidades. Si lo que promete es permitir la injerencia en trabajos de exploración, producción, transformación o transporte de los distintos productos de gas, refinados o petróleo, entonces habría que decirle que ya no es posible mayor contratismo. Pemex está plagado de ello. El desplante de Nieto lleva, sin duda, como destino agradar a los centros de poder estadunidense. A ellos ofrece tan preciado tributo. Trata de atraer las simpatías y neutralizar desconfianzas –mediante el vicepresidente Biden– de los estrategas gringos hacia un mermado priísmo que ahora él representa. El señor Calderón se ha encargado de esparcir rumores y acentuar defectos cruciales de sus rivales políticos. En esta cruel tarea Peña no tendrá el auxilio de un teleprompter que lo auxilie en la lectura discursiva.

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