La inspiración de Peña Nieto
Juan José Morales
Escrutinio
El
pasado lunes 5, en un pie de foto sobre el aniversario del PRI, se
decía en nuestro periódico que “en el repaso de 83 años de historia, el
video sólo encontraba cinco figuras capaces de ser mostradas sin pudor:
Calles, Cárdenas, López Mateos, Reyes Heroles y Colosio.”
Por lo que a López Mateos respecta, difiero de ese punto de vista. Si
bien la imagen que de él usualmente se difunde es la de un presidente
jovial, simpático y democrático, que difundió una buena imagen de México
por el mundo, dejó obras tan importantes como el Museo Nacional de
Antropología y obtuvo para México la sede de los Juegos Olímpicos de
1968, también tuvo otra cara: la de la represión.
A menudo se olvida —o deliberadamente se trata de hacer olvidar— que
López Mateos sofocó con particular dureza los movimientos sindicales,
llenó las cárceles de presos políticos y su mandato se tiñó con la
sangre del líder campesino Rubén Jaramillo y su familia.
El muralista David Alfaro Siqueiros pasó gran parte del sexenio de López
Mateos tras las rejas en la siniestra prisión de Lecumberri. Y no fue
el único. Compañero de prisión de Siqueiros —aprehendido el mismo día
que él— fue Filomeno Mata, hijo del célebre periodista antiporfirista
del mismo nombre. Ambos fueron encarcelados porque trataban de lograr la
liberación de Demetrio Vallejo, Valentín Campa, Gilberto Rojo Robles y
otros líderes ferrocarrileros. Estos últimos, a su vez, habían sido
acusados por el gobierno lópezmateista del delito de disolución social
en represalia por haber instaurado la democracia en el Sindicato de
Ferrocarrileros, y por haber obtenido para los trabajadores más humildes
del gremio —los peones de vía— sustanciales aumentos de salarios.
A la cárcel mandó también López Mateos a Othón Salazar y otros líderes
del Movimiento Revolucionario del Magisterio, que trataban de librar al
sindicato magisterial del dominio de las camarillas sindicales que hoy
todavía —a más de medio siglo de distancia y personificadas en Elba
Esther Gordillo— siguen siendo dueñas de la organización.
Despedidos de su empleo o en prisión, acusados igualmente de disolución
social, terminaron bajo el gobierno lópezmateista dirigentes petroleros y
telegrafistas, que intentaban igualmente rescatar sus organizaciones
sindicales de manos de líderes corruptos y entregados al gobierno.
Sufrieron asimismo persecución y represión los dirigentes de médicos,
pilotos, sobrecargos de aviación, trabajadores de tierra de las empresas
aéreas y otros grupos que hicieron los primeros intentos por crear
sindicatos u organizaciones gremiales en sus respectivos sectores.
A Rubén Jaramillo, el dirigente campesino de Guerrero, simplemente se le
asesinó junto con su esposa embarazada y sus tres hijos adultos. El
crimen —según se supo casi 50 años después al revelarse documentos
secretos del gobierno— fue cometido por miembros del Ejército que iban
acompañados por agentes de la siniestra Dirección Federal de Seguridad.
En fin, Adolfo López Mateos, no es precisamente un personaje rescatable
en la historia política de México. Fue un hombre de dos caras. Un hombre
sonriente, afable, gentil y hasta cierto punto bonachón, pero tras esa
máscara se escondía un represor, un presidente que sistemáticamente
combatió, persiguió y encarceló a quienes intentaban seguir los caminos
de la independencia sindical y de la democracia.
El historiador Enrique Krauze, a quien no puede tildarse de enemigo del
gobierno ni del PRI, calificó el gobierno de López Mateos como un
régimen de macanas y gases lacrimógenos, un régimen en el cual los
presos ya “no cabían en las cárceles del país”.
Pues bien, Enrique Peña Nieto ha dicho que López Mateos le sirve de
inspiración, de modo que ya sabemos lo que puede esperarse de él si
llega al poder.
Comentarios: kixpachoch@yahoo.com.mx

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