Navegaciones
por Pedro Miguel
Desgobernación
Algunos de los recambios en Bucareli han generado dolor de pérdida en
entornos familiares y habría que acomodarse a las zafias maneras del
calderonato para hacer escarnio de fallecimientos trágicos. Pero el
respeto ante la muerte no obliga al silencio en lo que toca a las
implicaciones, para el país, del constante desfile de secretarios en
Bucareli.
Para un país en guerra y en crisis económica focalizada (sólo afecta a 70 por ciento de la población), con profundas fracturas sociales y políticas y en pavorosa regresión a los tiempos priístas de votos inducidos a punta de pistola (como ocurrió el domingo en Michoacán), el palmarés del Palacio de Cobián, y el del calderonato en su conjunto, no son lo que se dice adecuados.
Mientras desde Los Pinos y desde la Secretaría de Comunicaciones y Transportes pretenden abrir paso a la teoría de la nubosidad asesina (o mientras les llega de arriba alguna instrucción realmente útil e ingeniosa, como echarle la culpa a Irán, a Venezuela o a Al Qaeda), la Procuraduría General de la República se dedica a detener, sin orden de aprehensión y con violencia innecesaria, al tuitero autor de un chistorete que, de no ser por la sórdida intervención de los muchachos de Marisela Morales, casi nadie habría leído:
No salía tan temprano del trabajo desde que se cayó la avioneta de Mouriño. Anden con cuidado, funcionarios voladores. Agravio adicional: estas procuradurías, tan ineptas cuando se trata de combatir con éxito a la delincuencia, investigar masacres o reducir los índices de impunidad, son, en cambio, buenísimas para repartir sustos inolvidables entre ciudadanos pacíficos como Efraín Bartolomé o @mareoflores. De paso, y en la forma más estúpida posible, el atropello cometido por la AFI dio nuevos aires a la hipótesis de que el helicóptero de Blake Mora cayó por efecto de un atentado. De hecho, puede darse por oficial el que el gobierno está dando palos de ciego en un sitio insospechado: los timelines de Twitter. Semejante despiste compite por el primer lugar, en términos de capacidad desoladora, con la mala fama –merecida o no– de los servicios de transporte de la SG y del EMP.
Estos niveles de desgobernación conforman un escenario ideal para
operar cosas como la elección del domingo en Michoacán, donde los
recursos públicos (denunciaron todos) y el poder intimidatorio de grupos
delictivos (señalaron perredistas y panistas) y de la Policía Federal
(a decir de los priístas) fueron empleados como instrumentos de
persuasión, en un sentido o en otro, en la disputa por el voto
ciudadano. Nada de eso fue sorpresivo o inesperado ni podría atribuirse a
la circunstancia trágica, aunque pasajera, de un gabinete federal
chimuelo. La tragedia nacional es que la gobernación del país no ha
merecido el interés ni el empeño del grupo en el poder, dedicado más
bien a cumplir designios extranjeros, a garantizar negocios propios y
ajenos y a llevar al país por un rumbo de catástrofe con el fin de
aceitar tasas de utilidad que resultan impensables en un entorno de paz,
de desarrollo económico y de mínimo bienestar social.
Lo pavoroso, pues, no sólo es la saga de funcionarios que ha desfilado por Bucareli por efecto de defunciones o defenestraciones, sino también la poca, por no decir nula, diferencia entre que el cargo esté ocupado o vacante. Y es que esto no es un gobierno, sino una administración, con cargo al país, de negocios privados; entre ellos, los correspondientes al ramo de la guerra.
Lo pavoroso, pues, no sólo es la saga de funcionarios que ha desfilado por Bucareli por efecto de defunciones o defenestraciones, sino también la poca, por no decir nula, diferencia entre que el cargo esté ocupado o vacante. Y es que esto no es un gobierno, sino una administración, con cargo al país, de negocios privados; entre ellos, los correspondientes al ramo de la guerra.

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