Jenaro Villamil
Cinco años después del conflicto
poselectoral del 2006, tras no ser entrevistado en este lapso en el
noticiario estelar de Canal 2 y ser un “pasajero frecuente” de los
epítetos y de las obituarios adelantados de analistas de programas como Tercer Grado, Andrés
Manuel López Obrador fue apareció la noche del miércoles 16 de
noviembre con Joaquín López Dóriga y lanzó un desafío en tono tan amable
que no pareció ser captado en toda su dimensión.
López Obrador empezó aclarando que
siempre fue crítico de Televisa por su apoyo a Enrique Peña Nieto, el
precandidato del PRI, por la “cerrazón” de los espacios de la mayor
televisora del país, pero que ahora agradecía la invitación para hablar
sobre su nueva fase como candidato único de las izquierdas, pero señaló:
“quiero que nos demos el beneficio de la duda”.
López
Dóriga se quedó prácticamente sin habla. Mientras el ex jefe de Gobierno
capitalino le citó completo a José Ortega y Gasset y a Alfonso Reyes
para argumentar que un hombre debe cambiar su circunstancia y que el
país se encuentra en una situación muy crítica, el conductor del
noticiario le mencionó lo de la República del Amor, pero evitó polemizar
con el político tabasqueño sobre lo que ha sucedido entre Televisa y el
“el presidente legítimo”.
Las reacciones frente a esta entrevista
no se hicieron esperar en redes sociales, sobre todo en Twitter. Los
simpatizantes más radicales del Movimiento Regeneración Nacional
(Morena) no vieron con buenos ojos este acercamiento terso, pero la
mayoría de los usuarios de Twitter destacaron la moderación en el
discurso de López Obrador y la forma en que retó a Televisa para cambiar
también.
Este es el mensaje más importante de
esta nueva fase de López Obrador en búsqueda de la presidencia del 2012.
El candidato por segunda ocasión le hablaba a las audiencias, en
especial, a aquellas que se mantienen indecisas, aquellas que votaron
por él y que mantuvieron su alejamiento a raíz del plantón de Reforma, y
de la radicalización en el discurso de quien consideró “espurio” a
Felipe Calderón y ha acusado a la “mafia del poder” de haberle robado la
presidencia en el 2006.
Es un cambio de actitud, no de mensaje,
en el caso de López Obrador. Y en el caso con Televisa fue a
comprometerlos públicamente, en su noticiario de mayor rating,
para que exista equidad en su cobertura y para que demuestren que él
puede estar equivocado en la percepción mayoritaria de que apoyan a Peña
Nieto.
No ofendió, no insultó, no clamó
venganza. “”Lo mío no es la venganza sino la justicia”, le reiteró a
López Dóriga. Pero no simuló su desconfianza aún con la actitud del
monopolio televisivo.
En dos entrevistas radiofónicas
realizadas ese mismo miércoles, con Carmen Aristegui, en MVS, y con
Jacobo Zabludovsky, en Radio Centro, López Obrador recordó la “guerra
sucia” que se articuló desde los micrófonos y señales de Televisa.
Incluso, recordó con Zabludovsky que dos
días antes de la elección de 2006, Emilio Azcárraga Jean le entregó un
documento apócrifo donde López Obrador supuestamente expropiaría a la
televisora.
“Yo ni sabía cuántas empresas tenía
Televisa, pero ahí aparecían las empresas bien señaladas, y al final el
acuerdo donde yo iba a expropiar Televisa. ¡Imagínese!”, comentó López
Obrador. Para el ahora candidato en ciernes este documento fue una
muestra más de hasta dónde llegaron en la guerra sucia para tratar de
meter miedo y compararlo con Hugo Chávez.
Ahora, en su nueva estrategia de
correrse al centro, López Obrador reta a Televisa a compararlo con Lula,
el ex presidente brasileño que vino del radicalismo, de tres campañas
previas a la presidencia de Brasil y que demostró en el poder que se
puede ser de izquierda y gobernar de una manera democrática.

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