La banalidad convertida en arma política
María Teresa Jardí
Lo que encubre la banalidad convertida en arma política es el fin del pacto social, reventado aquí por los políticos que han dejado de cumplir hasta con la más elemental justificación de su existencia. Destruido del todo desde la llegada del PAN al gobierno. Todo un honor, supongo, para la derecha encabezada por El Yunque, que México, con Calderón, ya hasta le exporte terroristas a Europa.
Aunque realmente sirviera el ir a las urnas para elegir a nuestros gobernantes, de todas maneras en México se estaría eligiendo a un emperador.
La democracia, incluso la más formal de todas, tiene sentido en la medida en que a quien resulta electo se le puede exigir el cumplimiento de las leyes, que para el buen funcionamiento de ese pacto social, que propicia la paz y da tranquilidad, se da en los Estados no fallidos. Y no se diga en los que como democráticos se asumen. Sin embargo incluso en aquellos con vocación de dictadura disfrazada de democracia, pero en los que se satisface, con el quehacer del que llega al poder, a la mayoría, las leyes más o menos se aplican. Y esto, que funcionó con el PRI a lo largo de sesenta años, dejó de tener vigencia, del todo, con la llegada del PAN al Poder.
Con lo que no quiero decir que en México se haya cumplido con el pacto social tal como el mismo fuera establecido por el Constituyente de 1917. No se cumplió nunca de manera cabal y por eso no se acabó de convertir al Estado mexicano en un Estado de Derecho, no digamos ya un Estado de Derecho Social. Pero con los altibajos, por todos conocidos, igual se conservaba un margen de aplicación del mandato constitucional, hasta que a base de reformas a modo de la derecha, lo que denunciarlo le costó la vida a Abraham Polo Uscanga, se ha convertido a México en un país monstruoso.
Es deprimente leer la prensa cada día a sabiendas de que la nota será que ya casi alcanzamos el ciento de asesinatos con los que se limpia a México de pobres.
De ahí que revista tanta importancia la figura de López Obrador incluso como el único que no ha entrado en la dinámica televisiva que propone emperadores, que no servidores públicos.
Y, porque se ha banalizado la política al punto de dejar sus dictados en manos de la telebasura, sin recato los que no son del todo hechura televisiva buscan aparecer en las revistas “del corazón” con las mujeres elegidas como acompañantes políticas, que no de vida, porque, claro está, que como a los zapatos viejos también se las desecha cuando ya no les sirven como promotoras de la candidatura.
Es en esta misma dinámica de banalizar la política, que como arte funciona en los Estados de Derecho, que se ubican también las organizaciones no gubernamentales creadas —muchas— a modo de apoyar lo que se les indique por el emperador en turno, sin importar ya tampoco que lo sea usurpando, ni que salte a la vista que Calderón ahoga en sangre al país.
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