Martillar y martillar lo absurdo
Guillermo Fabela Quiñones
Es
sumamente grave el tono admonitorio usado por Felipe Calderón para
exacerbar los ánimos de la población y orillarla a que se sume a su
“guerra” contra la delincuencia organizada. En la ceremonia para
homenajear a quien fue titular de la Secretaría de Gobernación, José
Francisco Blake Mora, aseguró que tiene pruebas de la intromisión de la
delincuencia en las elecciones de Michoacán. Es válido preguntar por qué
no las presenta, y también cuestionar si en caso de que el triunfo
hubiera sido para su hermana Luisa María, tendría igual actitud.
De por sí ha sido gravísima para el país su “guerra”, que abrió la
puerta del país de par en par al gobierno estadounidense, como ha sido
reconocido incluso por algunos congresistas en Washington y por
influyentes diarios, como el “The New York Times”, para que ahora
pretenda justificarse argumentando que los cárteles tienen más fuerza
que el Estado para organizar procesos electorales. ¿Qué busca Calderón
con tan absurda postura? ¿Qué la Casa Blanca influya para que organismos
internacionales digan que no hay condiciones en México para hacer
elecciones? ¿Supone que así se crearían condiciones para que el PAN siga
en el poder, de manera extralegal y pisoteando el marco constitucional?
Todo hace suponer que tal es el propósito de su tesis, toda vez que será
imposible que el partido blanquiazul se mantenga al frente de las
instituciones nacionales. Tiró por la borda la histórica oportunidad que
le dio la sociedad en el año 2000, que fue ratificada de manera espuria
seis años después, y ahora quiere Calderón conservar el poder después
de haber fallado tan lastimosamente, al haber agravado los vicios y
fallas del PRI, y demostrado una gigantesca incapacidad para gobernar.
Por muy importantes que sean los cárteles del narcotráfico, nunca podrán
tener la fuerza del Estado para convertirse en un peligro nacional.
Esto debe quedar muy claro.
Lo que está demostrando el inquilino de Los Pinos es una sed insaciable
de poder, que no se resigna a perder, de ahí su decisión de agrandar al
crimen organizado a extremos muy alejados de la realidad, tal como lo
hizo George W. Bush con el fantasma del “terrorismo”, a efecto de
justificar el Estado policíaco que instauró en contra del espíritu de
las leyes democráticas estadounidenses. Calderón se preguntó por qué la
sociedad no reacciona como él ante el supuesto poderío del crimen
organizado. La respuesta es muy simple: la gente sabe que Calderón mismo
es quien ha contribuido con su estrategia a crear al monstruo, y que
una vez que salga de Los Pinos se reducirá a su justa dimensión, la que
siempre tuvo desde hace más de medio siglo.
¿No es un hecho que de nada ha servido su “guerra” para reducir los
niveles del flagelo? ¿Acaso es una mentira que nunca como ahora el
negocio del narcotráfico ha tenido tan cuantiosas ganancias, tantas que
hasta la DEA participa en las mismas “lavando” millones de dólares de
los cárteles? La gente no es estúpida como supone Calderón, ya no se
deja engañar tan fácilmente, por eso no lo apoya en su desatinada
“guerra” que nos está conduciendo al callejón sin salida al que nos
quiere llevar el sector ultraconservador de Estados Unidos. Sería una
idiotez secundar su actitud aberrante, como él quisiera para sentirse
justificado ante la historia.
Según él, hay que “martillar y martillar esa verdad (la presencia del
crimen organizado en los comicios de Michoacán), hasta que quede clara y
contundentemente plasmada en la conciencia nacional”. Es de dudarse que
hubiera mostrado tal énfasis si su hermana hubiera ganado los comicios,
que no ganó ni contando con todo el apoyo de la Presidencia, ni
poniendo en práctica las añejas trampas del viejo PRI. Lo que se debe
“martillar y martillar”, para que la sociedad no sea engañada, es que
Calderón tomó al crimen organizado como pretexto para desviar la
atención ciudadana y así poder actuar en contra y por encima del marco
constitucional, para favorecer intereses contrarios a los del país, como
lo patentiza la realidad con crudo dramatismo.
Prueba contundente de ello es la firmeza con que ha insistido en que sea
aprobada la iniciativa de ley de asociaciones público-privadas, un gran
regalo navideño para la oligarquía, que tendría consecuencias trágicas
para la sociedad, al cancelarse toda posibilidad de que el Estado
recuperara su capacidad de garante del desarrollo social y de un
progreso equitativo. Así se estaría privatizando el aparato
gubernamental en su totalidad, para dejarlo en calidad de simple oficina
de partes de los poderes fácticos. Así se haría realidad el sueño de
los fascistas de reducir a su mínima expresión al Estado. Esto
seguramente no le importa a Calderón, pues es obvio que el futuro de los
mexicanos es intrascendente para él. ¿Acaso el PRI se quiere convertir
en cómplice de la estrategia antidemocrática del panista y cargar con
sus culpas y daños a la nación? Si se sumara al PAN para aprobar esta
perversa ley, quedaría claro que tal posibilidad no le importa. Allá
ellos.
(guillermo.favela@hotmail.com)

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