¡¡Exijamos lo Imposible!!… y Jacinta continúa en la cárcel
Nahum G. Hernández Bolaños
Somos muchos los que hemos escrito y hablado sobre el caso de Jacinta Francisco Marcial, y hoy lo hacemos nuevamente con el ánimo de que desde nuestra trinchera poder contribuir en dar a conocer su caso y con este granito de arena allanar el camino a su liberación.
Y es que el caso de Jacinta es indignante por donde se le quiera ver, desde la confabulación que viéndola vulnerable (mujer, indígena, pobre) la señaló para saciar los vacíos de un operativo fallido, hasta la maraña legal que ha tenido que sortear y que la mantiene aún privada de su libertad.
Dos apuntes se suman a los que ya hemos escrito en su momento.
1.- Cuando un país no logra establecer un estado de derecho, donde se imponga el cumplimiento de la ley y la justicia para todos por igual, es un Estado débil, diezmado, carcomido por la corrupción, fallido. El caso de Jacinta exhibe contundentemente a nuestro sistema de justicia y nos indica que tipo de Estado tenemos. Más aún, siendo una mujer indígena, señala el exilio interior en el que viven millones de indígenas en este país, que viven dentro de las fronteras del territorio nacional, pero discriminados, en la pobreza, aislados de poder acceder a condiciones de salud, educación, vivienda y justicia dignas, sin decisión, ni representación política real. Exiliados en su propia tierra.
2.- El otro punto corresponde a la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) que a 19 años de su existencia poco podemos aplaudirle, pero que sin embargo por otra parte, en los últimos años ha incrementado su presupuesto a más de 300%, para colocarse como el organismo en su tipo más costoso en América Latina, por encima de los recursos asignados a la Comisión y la Corte Interamericana de Derechos Humanos de la Organización de los Estados Americanos (OEA). Ahora bien, y sumado a ello, de acuerdo con el Presupuesto de Egresos de la Federación, 71.5% del dinero que recibe la comisión lo destina al pago de sueldos de sus funcionarios. Así, desafortunadamente el caso Jacinta exhibe igualmente la actuación de la Comisión, pues además de su oneroso funcionamiento, hoy vemos su presencia casi testimonial, y sus alcances chatos, una figura de ornato y un requisito para obtener la certificación de país democrático, nada más. Sin duda urge legislar para proveer a la Comisión de mayores herramientas y asegurar mayores alcances.
Jacinta nos exhibe a todos, nos señala, nos hace pensar en los miles que como ella claman justicia desde el silencio del anonimato y la pobreza, los miles que no son escuchados porque no se apellidan Martí, para los que no son Nelson Vargas. Jacinta adquiere la fama porque precisamente representa a los que no la tienen, ni tienen los recursos, ni el peso político para hacerse escuchar. Jacinta incomoda y desespera a amplios sectores de la sociedad civil, ya es tiempo de que el Presidente de la República tome cartas en el asunto, el tema no es menor, pues cuestiona la actuación y diezma la credibilidad de las fuerzas federales que en su administración hoy combaten a la delincuencia. Que alguien le diga que hasta le es políticamente conveniente atender un caso como el de Jacinta.
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